Argentina registró en 2025 una tasa de 3,6 homicidios dolosos cada 100.000 habitantes, el valor más bajo desde que existen registros sistemáticos y un 62% inferior al pico de 2002. Es, además, la tasa más baja de América Latina entre los países con estadísticas verificables. Este artículo recorre veintiséis años de datos oficiales para reconstruir cómo se llegó hasta aquí, qué ocurrió en los dos últimos años y qué preguntas siguen abiertas.

Homicidios en Argentina

Un indicador que importa

Los homicidios son los delitos mejor registrados y más estudiados. Su gravedad hace que una proporción muy alta de los casos llegue a conocimiento de las autoridades, algo que no ocurre con la mayoría de los demás delitos, y ello convierte a la tasa de homicidios en el indicador más confiable para comparar niveles de violencia entre países y a lo largo del tiempo. Reducir la inseguridad de una sociedad a una sola cifra es siempre una simplificación riesgosa; aun así, la tasa de homicidios se ha consolidado como la medida de referencia universal, y cualquier análisis serio de la violencia comienza por ella.

En el caso argentino, la fuente es el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), que consolida los hechos registrados por las policías de las veinticuatro jurisdicciones y las fuerzas federales. La calidad de ese sistema cuenta hoy con una validación externa de peso: tras una evaluación integral realizada entre 2024 y 2026, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) otorgó al SNIC el grado "A" de calidad estadística, la máxima calificación que concede a los sistemas nacionales de información criminal. La tendencia que describen sus datos, por lo demás, se confirma en una fuente independiente del circuito policial: las estadísticas vitales del sistema de salud, que registran las defunciones por agresión certificadas médicamente, muestran la misma caída sostenida —de 1.728 muertes en 2017 a 1.149 en 2024—. Los datos que siguen provienen del SNIC y de sus bases públicas.

América Latina en el mapa global del homicidio

Para dimensionar la cifra argentina conviene partir del contexto. América Latina y el Caribe es la región más violenta del mundo en términos de homicidio intencional: con cerca del 8% de la población global, concentra alrededor del 29% de los homicidios que se cometen en el planeta (FMI, 2024, sobre datos del Instituto Igarapé). Según el Global Study on Homicide 2023 de UNODC, el continente americano registra una tasa de 15 homicidios cada 100.000 habitantes, más de dos veces y media el promedio mundial de 5,8; las estimaciones específicas para América Latina y el Caribe se ubican entre 18 y 20 cada 100.000.

Los datos más recientes confirman ese panorama. De acuerdo con el balance anual de InSight Crime, durante 2025 fueron asesinadas al menos 108.838 personas en América Latina y el Caribe, con una mediana regional cercana a 17,6 homicidios cada 100.000 habitantes. Dentro de ese conjunto conviven realidades muy distintas: Ecuador superó los 50 homicidios cada 100.000, mientras que en el extremo opuesto Chile cerró el año en 5,4, Paraguay en 6,1 y Uruguay en 10,3.

Tasas de homicidio en América Latina 2025: Argentina entre las más bajas con 3,6 cada 100.000 habitantes

Con una tasa de 3,6, Argentina registra la más baja de América Latina entre los países cuyas estadísticas pueden verificarse de manera independiente. La precisión no es menor: El Salvador informa una tasa de 1,3, pero InSight Crime advierte que ese país utiliza una definición mucho más restrictiva que el resto —excluye del conteo los cuerpos hallados en fosas comunes, las muertes causadas por las fuerzas de seguridad y las ocurridas en prisiones— y que la falta de transparencia impide verificar sus cifras; Venezuela, Cuba y Nicaragua, por su parte, directamente carecen de estadísticas confiables. Hecha esa salvedad, el dato es contundente: ningún otro país de la región con información verificable registra hoy menos violencia letal que la Argentina, que se ubica además muy por debajo del promedio mundial.

Comparación de tasas de homicidio: mundo 5,8, América Latina y el Caribe 17,6, Argentina 3,6

Veintiséis años en cinco fases

La serie del SNIC comienza en el año 2000 y permite reconstruir un cuarto de siglo de violencia letal en Argentina. Leída por sus puntos de inflexión, es decir, por los momentos en que la tendencia cambia de dirección, la serie describe cinco fases.

Evolución de los homicidios dolosos en Argentina 2000-2025, del pico de 9,5 en 2002 al mínimo de 3,6 en 2025

Crisis y pico histórico (2000–2002). La tasa pasó de 7,6 a 9,5 cada 100.000 habitantes en apenas tres años. El 2002, con 3.571 víctimas, es el máximo absoluto de toda la serie. La escalada acompañó el colapso económico, social e institucional de 2001 y 2002, el momento de mayor deterioro de las condiciones de vida en la historia argentina reciente.

La salida de la crisis (2003–2007). La tasa descendió sin interrupciones, de 7,8 a 5,4, en paralelo a la recuperación económica y la normalización institucional. Fue el descenso más veloz de la serie: solo entre 2003 y 2004 la tasa perdió 1,7 puntos.

El retroceso (2008–2014). La tendencia se invirtió. Durante siete años la tasa osciló al alza, con un salto pronunciado en 2013, hasta alcanzar en 2014 un segundo pico de 7,6, un nivel equivalente al del año 2000. El período dejó una advertencia que conserva vigencia: los descensos no son irreversibles.

Nuevo descenso, interrumpido por la pandemia (2015–2020). A partir de 2015 la tasa volvió a bajar de manera sostenida, de 6,6 a 5,1 en 2019. El año 2020 interrumpió esa trayectoria con una suba a 5,3. El dato llama la atención porque en buena parte de la región las restricciones a la circulación coincidieron con caídas de la violencia letal; en Argentina ocurrió lo contrario, un contraste que sugiere que los confinamientos alteraron de manera desigual los distintos contextos en que se producen los homicidios y que merece investigación específica.

La consolidación del descenso (2021–2025). Superado el repunte de la pandemia, en 2021 la tasa cayó a 4,6 y perforó por primera vez el piso previo a 2020. Desde entonces la serie ingresó en niveles que nunca había registrado: cuatro de los últimos cinco años marcaron un nuevo mínimo histórico —4,6 en 2021, 4,2 en 2022, 3,9 en 2024 y 3,6 en 2025—, con el repunte de 2023 (4,4) como única excepción. Las 1.676 víctimas de 2025 son menos de la mitad de las del pico de 2002.

Fase Período Tasa inicio Tasa fin Variación
Crisis y pico histórico 2000–2002 7,6 9,5 +25%
La salida de la crisis 2003–2007 7,8 5,4 −31%
El retroceso 2008–2014 6,0 7,6 +29%
Nuevo descenso, interrumpido 2015–2020 6,6 5,3 −20%
La consolidación del descenso 2021–2025 4,6 3,6 −22%

Cuadro 1. Fases de la evolución de la tasa de homicidios dolosos, 2000–2025. Elaboración propia sobre bases públicas del SNIC. Las tasas de inicio y fin corresponden al primer y último año de cada fase.

La magnitud del descenso

Respecto del pico de 2002, las víctimas se redujeron un 53%: de 3.571 a 1.676. La tasa, en cambio, cayó un 62%, y la diferencia entre ambas cifras tiene una explicación demográfica que vale la pena hacer explícita. La tasa relaciona la cantidad de muertes con la cantidad de habitantes, y mientras las muertes bajaban, la población crecía: de unos 37,6 millones en 2002 a 46,4 millones en 2025, un 23% más. Menos homicidios repartidos entre más personas significa que el riesgo de morir asesinado que enfrenta cada habitante cayó todavía más de lo que sugiere el número absoluto de casos. Dicho en su forma más simple: en 2025 fueron asesinadas 1.895 personas menos que en 2002, en un país que entretanto sumó casi nueve millones de habitantes.

Respecto del segundo pico, el de 2014, la tasa acumula un descenso del 53% en once años, apenas interrumpido por la suba de 2020 y el leve repunte de 2023: la tendencia a la baja más prolongada y profunda de toda la serie. El ritmo del tramo final merece una mención aparte. Entre 2020 y 2025 la tasa cayó a un promedio cercano al 7,5% anual, el descenso relativo más veloz que registra la serie para un período de cinco años, aunque parte de esa velocidad responde a que el punto de partida fue el año atípico de la pandemia. Lo verdaderamente distintivo del último quinquenio no es tanto la velocidad como el nivel: cada punto de descenso se vuelve más difícil a medida que la tasa se acerca a valores bajos, y aun así la serie encadenó cuatro mínimos históricos en cinco años.

El perfil de las víctimas de 2025 mantiene un patrón conocido y de notable estabilidad: el 83,3% fueron varones. La tasa de victimización masculina, de 5,9 cada 100.000, casi quintuplica la femenina, de 1,2. Esta asimetría, común a casi todos los países, recuerda que la violencia letal no se distribuye al azar sino que se concentra en poblaciones, contextos y territorios específicos.

El bienio bajo la lupa: dos descensos de distinta naturaleza

Los dos años de mínimo histórico invitan a mirarlos como un mismo fenómeno. Los datos provinciales muestran otra cosa: 2024 y 2025 fueron descensos de naturaleza muy distinta.

La caída de 2024 —243 víctimas menos que en 2023, la mayor reducción interanual de la década— estuvo concentrada de manera extraordinaria en un solo territorio: Santa Fe, que pasó de 399 a 179 víctimas, explica por sí sola el 91% del descenso nacional de ese año. Detrás de ese número está el desplome de la violencia en Rosario, epicentro del conflicto entre organizaciones criminales que había llevado a la provincia a encabezar las estadísticas nacionales durante más de una década. La caída coincidió con el despliegue federal iniciado en 2024 en esa ciudad, y la evidencia disponible es compatible con un efecto de esa intervención, aunque no puede excluirse que el propio conflicto entre organizaciones haya ingresado en una fase de repliegue: con los datos existentes, ambas lecturas resultan igualmente consistentes, y probablemente se combinen.

El descenso de 2025 fue exactamente el inverso: difuso. Santa Fe volvió a subir (de 179 a 208 víctimas) y, aun así, el total nacional cayó otras 129, porque el resto del país se redujo en 158. Dieciséis de las veinticuatro jurisdicciones bajaron su tasa, y diez registraron en 2024 o 2025 el valor más bajo de toda su serie. El mínimo de 2024 fue, en lo esencial, la historia de una provincia; el de 2025, un movimiento repartido por todo el mapa. Que el país haya encadenado dos mínimos por caminos tan distintos es quizás el dato más sólido del bienio.

Ese movimiento difuso consolidó, además, una transformación silenciosa del mapa. En 2017, la provincia más violenta registraba una tasa catorce veces superior a la menos violenta; en 2025, esa brecha se redujo a seis veces. En 2014, doce provincias superaban los 5 homicidios cada 100.000 habitantes; en 2025, solo dos: Neuquén (5,7) y Santa Fe (5,6), con valores que hace una década correspondían al promedio nacional. Las diferencias entre provincias siguen existiendo y merecen un análisis propio —será el objeto del próximo artículo de esta serie—, pero la dirección del cambio es inequívoca: el mapa argentino del homicidio se está achatando hacia abajo.

Lecturas y preguntas abiertas

La primera lectura que impone la serie es que el descenso argentino es un proceso de largo plazo, y uno poco frecuente en el vecindario. En la última década, mientras la tasa argentina se reducía a menos de la mitad, la de Chile se duplicó —de 2,6 a 5,4— y la de Uruguay pasó de 7,5 a 10,3, empujadas en ambos casos por la penetración del crimen organizado en países que se contaban entre los más seguros de la región. Argentina recorrió el camino contrario a sus vecinos comparables del Cono Sur, y esa singularidad es en sí misma un objeto de estudio.

¿Qué explica la trayectoria? La honestidad analítica obliga a distinguir lo que los datos permiten afirmar de lo que no. La tendencia lleva más de una década y atravesó gestiones de gobierno de distinto signo, de modo que ninguna política ni período puede reclamar el fenómeno completo. Pero eso no equivale a decir que las políticas no cuenten: el episodio de Rosario muestra una asociación concreta y reciente entre una intervención específica y una caída verificada, y en el otro extremo, algunas explicaciones generales ya no sobreviven al contraste con la evidencia —la hipótesis puramente económica, por ejemplo, no se sostiene, porque el descenso atravesó ciclos de expansión y de crisis por igual—. El cuadro más defendible es el de un proceso con múltiples componentes: algunos estructurales y lentos, otros ligados a intervenciones puntuales sobre focos específicos de violencia, con pesos que la investigación todavía está midiendo.

La segunda lectura es una advertencia contra el triunfalismo, y los propios datos oficiales la proveen. El mínimo histórico es un mínimo de violencia letal, no de violencia: mientras los homicidios caían un 27% desde 2017, las lesiones dolosas aumentaron un 19% y las amenazas un 22%, y ambas cerraron 2025 en los valores más altos de sus series. La violencia interpersonal no letal constituye un frente que la mejora de los homicidios no está resolviendo, y que exige instrumentos distintos. A ello se suma la lección de la propia historia argentina: el período 2008–2014 demostró que los descensos pueden revertirse.

El mínimo histórico de 2025 es, en definitiva, una noticia valiosa y verificada, que admite lecturas más finas que la celebración o la desconfianza. Sostener la trayectoria exigirá comprender mejor qué la produjo: cuánto pesa cada componente, cuáles son duraderos y cuáles frágiles, por qué la violencia letal cede mientras otras formas de violencia no. Eso requiere más y mejor análisis, y es la tarea a la que este Observatorio busca contribuir.


Fuentes

  • Ministerio de Seguridad Nacional, Dirección Nacional de Estadística Criminal. Informe del Sistema Nacional de Información Criminal, año 2025 y bases de datos públicas del SNIC. Disponibles en argentina.gob.ar/seguridad/estadisticascriminales.
  • Ministerio de Salud de la Nación, Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS). Estadísticas vitales: defunciones por causas externas (agresiones). argentina.gob.ar/salud/deis.
  • UNODC (2023). Global Study on Homicide 2023. Viena: Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Enlace al documento.
  • Bisca, P. M. et al. (2024). Violent Crime and Insecurity in Latin America and the Caribbean: A Macroeconomic Perspective. IMF Departmental Paper DP/2024/009. Washington, DC: Fondo Monetario Internacional. Enlace al documento.
  • InSight Crime (2026). InSight Crime's 2025 Homicide Round-Up. Enlace al documento.
  • Naciones Unidas (2025). The Sustainable Development Goals Report 2025, Objetivo 16. Enlace al documento.

Ficha técnica

Fuente de datos: Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), Ministerio de Seguridad Nacional. Período de referencia: 2000–2025. Indicador principal: tasa de víctimas de homicidio doloso cada 100.000 habitantes, calculada sobre proyecciones de población del INDEC. Procesamiento: elaboración propia sobre las bases públicas del SNIC.

Nota metodológica. Las tasas de los años 2022 a 2025 se calculan sobre las proyecciones de población basadas en el Censo 2022, publicadas por el INDEC en 2026, mientras que las de 2010 a 2021 utilizan las proyecciones del Censo 2010. Ese cambio de base introduce una discontinuidad en la serie: las variaciones entre 2021 y 2022 responden en parte a la actualización poblacional y no solo a la evolución del fenómeno. La misma actualización explica que circulen dos cifras para 2025: la tasa preliminar de 3,7 difundida a comienzos de 2026, replicada por fuentes internacionales como InSight Crime, y la definitiva de 3,6 publicada en el informe anual tras el cierre de datos y el recálculo poblacional. Las cifras de 2025 corresponden al cierre del informe anual del SNIC y pueden ser objeto de rectificaciones menores posteriores, práctica habitual de los sistemas estadísticos. En cuanto a la comparación internacional, la tasa de 15 cada 100.000 corresponde al agregado continental de las Américas, que incluye a Estados Unidos y Canadá; las estimaciones específicas para América Latina y el Caribe arrojan valores superiores, de entre 18 y 20. La mediana regional de InSight Crime se calcula sobre las tasas nacionales sin ponderar por población, por lo que no es estrictamente comparable con los agregados de UNODC. Estimaciones posteriores de UNODC (Informe ODS 2025) sitúan la tasa mundial en 5,2 para 2023, sin un agregado regional comparable publicado para ese año, razón por la cual la comparación entre región y mundo se mantiene sobre datos de 2021. Las comparaciones entre países deben leerse como indicativas: cada país registra y clasifica sus homicidios con criterios propios, y en algunos casos —señalados en el texto— las cifras oficiales no pueden verificarse de manera independiente.